A lo Stephen King: cuatro relatos de terror, cada uno escrito por una IA distinta

Actualizado: 25/07/26 01:02

Creado: 25/07/26 01:02

Después del relato de vampiros escrito en cadena, cambio de juego: esta vez cada modelo escribe en solitario. El encargo era el mismo para los cuatro: un relato corto de terror al estilo de Stephen King —protagonista corriente, rutinas y marcas concretas, lo cotidiano torciéndose poco a poco, pensamientos intrusivos en cursiva y un final que golpee—, con tema libre y una sola prohibición: nada de vampiros. Ninguno vio lo que escribían los demás.

  • «3:07» — Fable 5
  • «La última bolsa» — gpt-5.6-sol
  • «El intervalo» — deepseek-v4
  • «La máquina cuatro» — MiniMax-M3

Y aquí la parte inquietante del experimento: escribiendo a ciegas, dos de los cuatro bautizaron Tomás a su protagonista, en dos de los relatos algo golpea tres veces desde dentro de un sitio cerrado, y en otros dos aparece un caniche. Que cada cual saque sus conclusiones sobre qué hay en el fondo del tambor de estos modelos. Los textos van tal cual los escribieron, sin editar.


«3:07»

Escrito por Fable 5

Ray Concannon llevaba seis años haciendo el turno de cementerio en el Gas-N-Go de la Ruta 117, a tres millas de Chamberlain Falls, y podía decir la hora sin mirar el reloj por el orden en que pasaban las cosas. A las doce y veinte, el camión de la lechera Oakhurst. A la una y diez, la moto de Denny Ouellette, que volvía de cerrar el Mickey’s con más cerveza encima que gasolina en el depósito. Después venía un agujero de nada tan largo y tan negro que a veces Ray tenía la sensación de meter la cabeza en él y sacarla con alguna cana nueva.

Y a las 3:07, la ranchera.

Era una Ford Country Squire del 78, con los paneles de imitación de madera y una matrícula de Maine tan sucia que nunca conseguía leerla entera. Aparcaba junto al surtidor dos, siempre el dos, y de ella bajaba un padre de cuarenta y pocos con una parka verde y esa cara de cansancio educado que ponen los hombres que llevan mucho rato conduciendo con la familia dormida. Compraba siempre lo mismo: un paquete de Marlboro rojo, dos tiras de cecina Slim Jim y una Coca-Cola de cereza para, decía, «el copiloto». Pagaba con un billete de veinte y no esperaba el cambio.

La primera noche, Ray no se fijó en el billete hasta que el motor ya se alejaba hacia el norte. Era un veinte de la serie de 1977, planchado, tieso, recién hecho. Olía a guantera nueva. Los billetes viejos no huelen a nuevo, Raymond, dijo una voz en su cabeza que se parecía sospechosamente a la de su madre. Los billetes viejos huelen a manos. Ray lo metió en la caja y se puso a ordenar el expositor de mecheros, porque a las tres y cuarto de la madrugada uno ordena mecheros o empieza a pensar, y pensar es la peor mercancía de la tienda.

Por la mañana, el billete no estaba. En su lugar, en el compartimento de los veintes, había una hoja de arce empapada, tan oscura que parecía negra, como sacada del fondo de un estanque. Deb, la del turno de día, le descontó los veinte pavos del sueldo. Ray no protestó. Protestar habría sido admitir que el billete había existido.

La ranchera volvió la noche siguiente a las 3:07. Y la siguiente. Marlboro, Slim Jims, Coca-Cola de cereza. En el asiento de atrás viajaban dos críos con la cara pegada a la ventanilla, un niño y una niña, mirando la tienda con ese interés tranquilo con que se mira un acuario. Hacía frío aquella semana, un frío de finales de octubre que empañaba los cristales de cualquier coche. Los de la ranchera no se empañaban. Ray se dijo que sería cosa de la calefacción. Uno se dice cosas así, y las cosas que uno se dice a las tres de la madrugada tienen la consistencia del papel de fumar.

El martes, el niño ya no estaba. El padre compró lo de siempre y añadió, sin que viniera a cuento, con la vista fija en el expositor de mecheros:

—El chico se nos quedó en Bridgton.

El miércoles faltaba la niña. El jueves, la mujer del asiento del copiloto, que en todas aquellas noches no había girado la cabeza ni una sola vez, ya no estaba, y la Coca-Cola de cereza se quedó sobre el mostrador, sudando despacio, hasta el amanecer. Ray la tiró a la basura sin abrirla. El billete de aquella noche se convirtió en hoja antes de que sonara la campanilla de la puerta.

El viernes, Ray pensó en llamar y decir que estaba enfermo. Lo pensó a las nueve, a las diez y a las once, con el teléfono en la mano y el número de Deb a medio marcar. A las doce se puso la chaqueta y condujo hasta el Gas-N-Go, porque tenía cuarenta y nueve años, dos divorcios y una tienda que era lo único que abría para él todas las noches. Hay gente que llama a eso rutina. King habría dicho, quizá, que hay agujeros que uno cava tan despacio que nunca se da cuenta de que está dentro.

A las 3:07 la ranchera entró en la explanada y aparcó junto al surtidor dos. No bajó nadie. El motor quedó al ralentí, ronroneando como un gato gordo y viejo, y por las ventanillas Ray vio los asientos vacíos, los cuatro. En la radio del coche sonaba algo con saxofón, una canción que había sido moderna cuando Ray tenía veinte años y todavía le parecía posible irse de Chamberlain Falls.

La puerta del copiloto se abrió sola, sin prisa, con la cortesía de quien lleva mucho tiempo esperando y puede permitirse esperar un poco más.

Deb encontró la tienda abierta a las seis, la caja cuadrada hasta el último centavo y la placa con el nombre de Ray sobre el mostrador, junto a una Coca-Cola de cereza sin abrir. La policía del condado habló de abandono del puesto de trabajo. En Chamberlain Falls se habló, como siempre, de otra cosa.

La ranchera sigue pasando. Cualquiera puede verla: basta quedarse en la explanada del Gas-N-Go un rato largo, hasta las 3:07, aunque nadie aguanta esa hora dos noches seguidas. Va llena otra vez. El padre que conduce lleva una parka verde que le queda un poco grande, o quizá es él quien ha empezado a quedar pequeño dentro de ella, y cuando pasa por delante de los surtidores levanta dos dedos del volante y saluda hacia la tienda, sin mirar, como saludan los que ya no tienen ninguna prisa.


«La última bolsa»

Escrito por gpt-5.6-sol

A las siete menos diez de cada mañana, antes de levantar la persiana de Ferretería Molina, Tomás dejaba una bolsa de basura junto al contenedor verde de la calle Mayor. Era una bolsa pequeña, de las perfumadas con limón que vendían en el Día, y siempre contenía lo mismo: los posos del café, el serrín del día anterior y las cacas de Pipo, su caniche.

En Valdemora, un pueblo de mil ochocientos habitantes y tres bares, las rutinas eran una forma modesta de religión. A las siete pasaba el camión de Pascual; a las siete y cinco, Maribel abría la panadería; a las siete y cuarto, el primer autobús se llevaba a los estudiantes al instituto comarcal. Tomás conocía aquellos sonidos incluso dormido.

Por eso notó la bolsa.

Estaba frente a la ferretería, exactamente donde él dejaba la suya, pero era negra, grande y estaba cerrada con un nudo doble. Pensó que algún vecino había confundido la acera. La arrastró hasta el contenedor. Pesaba poco. Al levantarla oyó dentro tres golpes secos.

Tac. Tac. Tac.

Tomás soltó la bolsa.

Esperó. Un Seat León cruzó la plaza y la bolsa permaneció quieta. Una lata rodando, decidió. La echó al contenedor sin mirar y abrió el negocio.

A la mañana siguiente había otra.

Misma bolsa, mismo nudo, mismo sitio. Esta vez tenía pegada una etiqueta blanca, de esas que Tomás usaba para marcar cajas de tornillos. En rotulador azul decía: MARTES.

Tomás no la tocó. Llamó al Ayuntamiento y media hora después apareció Santi, el alguacil, con chaleco reflectante y un cigarrillo apagado detrás de la oreja.

—Algún gracioso —dijo.

Le dio una patada. Desde dentro respondieron tres golpes.

Santi perdió la sonrisa, pero sólo durante un segundo.

—Una alarma vieja. O un juguete.

Se llevó la bolsa en la caja de la furgoneta municipal. Esa tarde Tomás lo vio tomando cañas en el Nevada. No mencionaron el asunto.

El miércoles, la bolsa llevaba una etiqueta que decía MIÉRCOLES. Tomás llamó a Santi. Saltó el buzón de voz. Llamó al Ayuntamiento. Le dijeron que el alguacil no se había presentado.

La bolsa dio tres golpes.

Tomás pasó el día evitando mirar el escaparate. Vendió dos copias de llaves, un bote de Titanlux blanco y seis metros de cable coaxial. A las ocho bajó la persiana y la bolsa seguía allí.

En casa encontró a Pipo escondido bajo la mesa, gruñendo hacia el cubo de basura. Tomás encendió todas las luces. Dentro del cubo había una bolsa negra con un nudo doble.

La etiqueta decía JUEVES.

No gritó. Pensó en llamar a la Guardia Civil, pero se imaginó explicándolo y oyó la voz de su difunta mujer: Tomás, siempre te ha dado más miedo parecer tonto que serlo.

Cogió las tijeras de cocina.

Al acercar la hoja al plástico, algo susurró desde dentro:

—Todavía no.

Tomás pasó la noche sentado en el pasillo, con Pipo en brazos y la bolsa al otro extremo. A medianoche, la etiqueta cambió. Ya no decía JUEVES.

Decía TOMÁS MOLINA.

La bolsa empezó a hincharse y deshincharse como un pulmón. Con cada respiración aparecían formas bajo el plástico: una frente, una nariz aplastada, cinco dedos buscando una costura. Después oyó la voz de Santi.

—Abre, Tomás. Aquí no hay sitio.

Pipo se revolvió y le mordió la mano. Tomás lo soltó. El perro corrió hacia la bolsa, arañándola, y el plástico se abrió con un sonido húmedo.

No había ningún cuerpo dentro. Sólo oscuridad: una oscuridad profunda, vertical, imposible en una bolsa tendida sobre baldosas. Desde aquel agujero subía el olor del contenedor en verano y un rumor de cientos de personas hablando a la vez.

Dos manos con chaleco reflectante agarraron a Pipo y tiraron de él. El perro desapareció sin dejar de ladrar.

Tomás huyó a la ferretería. Levantó la persiana a las cuatro y doce, encendió el fluorescente y se encerró en el almacén entre cajas de tacos Fischer. Allí esperó hasta oír el camión de Pascual.

A las siete menos diez respiró aliviado. La rutina seguía intacta.

Entonces alguien dejó una bolsa pequeña junto al contenedor verde. Era transparente y olía a limón. Dentro estaban los posos del café, el serrín del día anterior y las cacas de Pipo.

También estaba Tomás, doblado en cuatro, golpeando el plástico con los nudillos.

Pascual bajó del camión, miró la etiqueta que decía VIERNES y arrojó la bolsa a la compactadora.

—Algún gracioso —murmuró.

La máquina respondió con tres golpes secos.


«El intervalo»

Escrito por deepseek-v4

Tomás Barranco se mudó al piso de la calle del Carmen el martes que cumplió cincuenta y tres años. Tres plantas sin ascensor, un dormitorio, baño con azulejo color menta y un espejo de botiquín con desconchones en las esquinas. Siete años de matrimonio y esto es lo que hay, pensó mientras colocaba el cepillo de dientes en el vaso del lavabo. Marta se había quedado con la casa, con Irene, con el perro y con el juego de sartenes de acero inoxidable. Él se había quedado con los martes.

Lo notó la primera noche sin darle importancia. Estaba lavándose la cara cuando, al mirarse, su reflejo tardó una fracción de segundo en imitar el gesto de secarse con la toalla. Lo atribuyó al agotamiento de la mudanza. Cosas de la vista cansada, se dijo.

El jueves volvió a pasar. Esta vez fue con la mano izquierda: él la levantó para comprobar una mancha en la mejilla y el espejo le devolvió el movimiento con un retraso perceptible. Como un eco visual. Tomás se quedó quieto, contando mentalmente. Un Mississippi, dos Mississippi. La imagen en el espejo terminó de alzar la mano cuando él ya la había bajado.

—Vale —dijo en voz alta, porque desde el divorcio hablaba solo.

El sábado compró un cronómetro en la ferretería donde trabajaba. Modelo digital de la marca Joffre, plástico amarillo, siete euros con descuento de empleado. Esa noche lo apoyó en el borde del lavabo y midió: 1,3 segundos de retraso. El domingo fueron 2,1. El lunes, 3,8.

Era un espejo. Un espejo de botiquín con el azogue picado en las esquinas. Y sin embargo, cada noche, su reflejo se demoraba un poco más en alcanzarlo. Como si entre Tomás y su imagen se estuviera ensanchando una distancia que no se medía en centímetros sino en tiempo.

Estás perdiendo la cabeza. Eso es lo que hace el divorcio. Te divorcias y luego te divorcias de ti mismo.

Pero no dejó de medir.

El miércoles, su reflejo parpadeó cuando él mantenía los ojos abiertos.

El viernes, sonrió sin que Tomás moviera un solo músculo de la cara.

Llamó a su hija Irene esa misma noche. Necesitaba oír una voz que no fuera la suya.

—Papá, son las once. ¿Estás bien?

—Perfectamente. ¿Tú eres feliz?

Silencio al otro lado. Irene tenía quince años y la paciencia justa para un padre que hacía preguntas raras a deshoras.

—Dile a tu madre que las llaves del trastero están en el cajón de la cocina —añadió Tomás—. Por si acaso.

—¿Por si acaso qué?

—Buenas noches, Irene.

Colgó antes de oír la respuesta. Luego fue al baño y plantó ambas manos sobre el lavabo, inclinándose hacia el espejo.

Su reflejo no se inclinó.

Permaneció erguido, mirándolo desde el otro lado del cristal con una expresión que Tomás no recordaba haberse puesto nunca: una mezcla de lástima y de hambre contenida, como un perro que espera pacientemente a que su dueño termine de comer.

Tomás comprendió que el espejo ya no reflejaba. Observaba.

Esa noche soñó que alguien llamaba a la puerta del baño desde dentro.

El lunes de la semana siguiente, el retraso superó los once segundos. Para entonces, Tomás había cubierto el espejo con papel de periódico sujeto con cinta de carrocero. Pero cada mañana el papel aparecía despegado de una esquina, como si algo hubiera estado empujando desde el otro lado. Algo paciente. Algo que disponía de todo el tiempo del mundo.

Dejó de entrar al baño después del anochecer.

El martes siguiente, al volver de la ferretería, encontró el pasillo encharcado. Una fina película de agua cubría el suelo desde la puerta del baño hasta el salón. Sobre la superficie flotaba un recorte de periódico mojado, la tinta corrida, las letras reorganizadas en una frase que Tomás no recordaba haber leído en ningún diario: YA CASI TE ALCANZO.

Entró en el baño.

El espejo estaba limpio. El papel de periódico, arrancado y amontonado en el suelo. Y en el cristal, su reflejo lo esperaba sentado en el borde de la bañera —Tomás no estaba sentado, Tomás estaba de pie junto al lavabo con las piernas temblándole—, sonriendo abiertamente ahora, una sonrisa de dientes demasiado largos, afilados, dientes que Tomás sabía, con la certeza irracional de los sueños y las pesadillas, que no eran suyos.

Su reflejo se puso en pie.

Alzó una mano hacia el cristal desde el otro lado.

Y llamó.


«La máquina cuatro»

Escrito por MiniMax-M3

Matías Roldán abría la lavandería Espuma a las siete cincuenta y cinco, cinco minutos antes de que Encarnita la del estanco pasara con su caniche. Levantaba la persiana, encendía el fluorescente que parpadeaba sobre las secadoras y sacaba un café solo de la Saeco del mostrador. Después revisaba las ocho máquinas, siempre en el mismo orden.

La número cuatro era una Fagor industrial de 2009, con una abolladura junto a la ranura de monedas y un cerco de óxido bajo la puerta. Matías llevaba años diciendo que la cambiaría. También llevaba años diciendo que dejaría de fumar.

El primer calcetín apareció un lunes dentro del tambor. Amarillo, pequeño, con un dinosaurio verde bordado. Matías lo dejó en la cesta de objetos perdidos, entre una funda de almohada y unos calzoncillos del Lidl.

El martes encontró el otro.

El miércoles, la máquina cuatro comenzó a funcionar a las tres y doce de la madrugada.

Matías lo supo porque la aplicación de alarma le envió un aviso de consumo. Bajó desde su piso, situado justo encima, con los pantalones puestos sobre el pijama. La lavandería estaba a oscuras salvo por el display rojo de la máquina: 44, 43, 42. El tambor giraba despacio. Dentro golpeaba una sudadera azul.

La desenchufó.

Siguió girando.

Un condensador, pensó. Energía residual. Pensó esas palabras porque sonaban técnicas y las palabras técnicas mantienen a raya ciertas cosas.

Cuando el tambor se detuvo, sacó la sudadera. En la etiqueta estaba escrito LEO NARVÁEZ, 5.º B. Matías conocía al chico: compraba gominolas en el estanco y siempre arrastraba una mochila del Real Madrid.

A la mañana siguiente preguntó por él.

—Los Narváez no tienen hijos —dijo Encarnita.

Matías se rio, pero ella no. En el escaparate del fotógrafo había una imagen del equipo infantil. Recordaba a Leo en la fila de abajo, enseñando los brackets. Ahora sólo quedaba un hueco entre dos niños, demasiado ancho para parecer casual.

Guardó la sudadera en su piso. A medianoche había desaparecido. Los calcetines también.

Durante cuatro días mantuvo cerrada la máquina con cinta americana Pattex. El jueves por la noche, la cinta apareció cuidadosamente doblada sobre el mostrador. En el tambor esperaba un jersey verde de mujer, talla diez, con una mancha de lejía en forma de media luna.

Matías tuvo que sentarse.

Se lo había comprado a su hija Clara para una excursión a Teruel. Ella había llorado cuando Silvia, su madre, estropeó la manga. Eso fue en 2012; ahora Clara vivía en Zaragoza y lo llamaba cada domingo a las nueve.

Marcó su número. Una voz automática dijo que no existía. Llamó a Silvia.

—Nunca tuvimos hijos, Matías —respondió ella tras un silencio—. ¿Has vuelto a beber?

Él observó el jersey sobre sus rodillas. Olía al champú de manzana que Clara usaba de niña.

Bajó con una maza y golpeó la máquina cuatro hasta romper el display. El cristal saltó. La carcasa se hundió. Sin embargo, la puerta permaneció intacta, negra y brillante como una pupila. Desde el interior llegaron tres golpes suaves.

Papá, decía una voz detrás del vidrio. Papá, papá, papá.

Matías abrió.

El tambor ya no tenía fondo. Descendía en la oscuridad mucho más allá de la pared, lleno de mangas, perneras y vestidos que giraban sin tocarse. Reconoció el uniforme del cartero muerto en 1998, la bata de su maestra de tercero, el abrigo rojo de una mujer cuyo nombre estuvo a punto de recordar.

Al fondo, Clara extendía una mano.

En la ranura de monedas apareció un papel. Matías tiró de él.

«UN PADRE POR PRENDA», decía.

—Por hija —murmuró.

Era una estupidez corregir a aquello. También era exactamente lo que habría hecho un padre delante de su hija.

Se quitó el reloj, dejó las llaves en el mostrador y entró de cabeza. La puerta se cerró detrás de sus zapatos. La máquina inició el centrifugado a mil doscientas revoluciones.

A la mañana siguiente, Encarnita encontró a una mujer joven dormida frente a la lavandería. Estaba empapada y abrazaba un jersey verde. Dijo llamarse Clara Roldán, aunque no existía ningún Roldán en el pueblo y el local llevaba vacío desde 2009.

Dentro sólo había ocho huecos rectangulares en la pared.

Aquella noche, ya en Zaragoza, Clara se despertó a las tres y doce. Su lavadora giraba desenchufada. En el tambor golpeaban unas llaves y un reloj de hombre.

Luego una voz que no recordaba, pero que la hizo llorar, susurró desde dentro:

—No abras. Todavía queda sitio.


Cuatro relatos generados el 25 de julio de 2026 como experimento multiagente: cuatro modelos de IA corriendo en terminales independientes, cada uno escribiendo su relato sin ver los de los demás. Homenaje declarado al estilo del maestro de Maine; ni una línea suya se reproduce aquí. Las coincidencias entre relatos son, hasta donde sabemos, cosa de las máquinas.